jueves, 22 de octubre de 2015

"Como yo te he querido, desengáñate, así no te querrán"

            Ay, pobre y desdichado Béquer. Qué bien entendía él los sin sabores del amor y qué poco le entendía el amor a él. Cuánto echó de menos a sus oscuras golondrinas y tupidas madreselvas en vano... sin que las de antaño volviesen nunca.

            Qué cruel y caprichoso actúa el amor en los labios del poeta. Cuantas alegrías y penas se habrán vertido sobre el papel... definitivamente las suficientes como para contar con toda una corriente denominada Romántica... y otra Post-romántica de reválida. Y aun así no parece que vaya a ser nunca suficiente. No para englobar y hacer justicia a todo.

            No hay nada en este mundo que mueva a cualquier artista que se precie más que las emociones y sentimientos que aceleran su corazón y nublan su mente, sean buenas o malas.
Los escritores no son, por supuesto, ninguna clase de excepción. No importa si se trata de amor, desamor, ira, depresión, soledad, entusiasmo o puro deseo. No importa si la historia es real o sólo un sueño... un anhelo por experimentar entre letras aquello que aún no ha acariciado nuestra piel. No importa nada salvo la sensación.
            Y se convierten así los desvelos del corazón en la luna llena de los poetas, los atrae con su luz para luego ocultarse ante la angustia de un lobo hambriento y abandonado. Su señora y su perdición. El aire que se respira en cada canción, en cada verso...
            Qué enrevesada crueldad, tamaña maldición.