lunes, 2 de noviembre de 2015

Las 10 cosas que más teme un escritor

            Este sábado 31 de octubre todos hemos celebrado -o no- Halloween/Samhain y ayer, 1 de noviembre, el Día de Todos los Santos. No voy a entrar en ningún tipo de descripción o discurso sobre los orígenes de las festividades, si se deberían celebrar o no, cómo, dónde, etc. (Básicamente, no quiero que me tiréis calabazas... o deis tomates... ni nada que se pueda dejar plantado. Seguid leyendo, porfis.)
            Pero éste se supone que es un blog de pseudo-humor, cuyo objetivo es proporcionar un vistazo al interior de la mente caótica de un escritor. Desde el exterior. Donde estáis a salvo y no corréis el riesgo de perderos y morir ahogados en desvaríos.
Por este motivo y porque me siento culpable por no escribir para los blogs tan a menudo como me gustaría, quiero aprovechar que All Hallows' Eve va de dar sustos para compartir con vosotros una lista con las 10 cosas que aterrorizan a todos los escritores del mundo mundial. (O al menos a mí, sí. No puedo leerles la mente a todos los escritores del mundo mundial, no tenéis pruebas contra mí al respecto, ni hurgar en sus ideas para plagiarlas y nunca lo confesaré podré hacerlo).

1. Hoja en blanco:¿Y cómo empiezo?” La eterna búsqueda de la palabra perfecta. El gancho inicial que atrapará al lector en una espiral de misterio que le obligará a no apartar la vista del libro hasta el final. Sin comer, beber ni dormir, nuestras palabras y sueños serán su sustento... si somos capaces de encontrarlas primero.
2. Huelga olímpica: Lunes por la mañana (más bien sábado por la noche), te levantas temprano (o pretendes acostarte muy tarde) dispuesto a ir a trabajar y dar lo mejor de ti. Llegas a tu puesto de trabajo, te pones cómodo y ¡oh sorpresa! Las Musas del Olimpo están en huelga. Protestando por los recortes de presupuesto que han obligado a reducir gastos en las artes. Adiós inspiración para ti. Hola depresión y ganas de emborracharte con ambrosía...
3. Huelga de tinta: Veamos otro posible escenario. Estás en algún lugar aleatorio, en algún momento aleatorio, haciendo algo aleatorio y con la mente en las nubes. De repente, una bombilla imaginaria se enciende sobre tu cabeza anunciando una idea alucinante. Corres a buscar cualquier papel y bolígrafo. Te sientes afortunado al encontrar una servilleta de papel no muy sucia y un puñado de bolis viejos en un cajón... los agitas, calientas la punta con tu aliento, rayas la servilleta hasta agujerearla... no pinta ninguno. ¡¡NINGUNO!!
4. Jeroglíficos: Imaginad que un día os ponéis a trabajar con vuestro ordenador. Abrís un nuevo documento en blanco, dejáis vuestra imaginación volar y redactáis lo que de seguro será un best seller y un futuro Premio Nobel de literatura... Cuando termináis de escribir la parrafada recién improvisada y de soñar despiertos con las posibilidades, miráis orgullosos vuestra creación... que es básicamente un conjunto de símbolos raros que os suenan a chino. Y puede que lo sean, literalmente. O árabes, griegos, rusos, japoneses, coreanos, etc. Sí, vuestro ordenador ha decidido dar rienda suelta a su creatividad y cambiar él solito el idioma de escritura a una lengua de caracteres no latinos... Primero, intenta adivinar qué idioma es y cómo cambiarlo. Después, buena suerte intentando reescribir tu obra maestra de memoria.
5. Censura: Creo que este no voy a necesitar explicarlo tanto. Las críticas constructivas son muy buenas, las correcciones ortográficas y tipográficas son necesarias, la censura deliberada puede llegar a maldición. Es verdad que no todo es adecuado para cualquier público, pero que intenten acallar tu voz o intentar cambiarte para “vender más y mejor”... eso duele en el alma y –por qué no- en el orgullo.
6. La mancha de la vergüenza: Y menuda vergüenza. Con el trabajo que cuesta escribir una historia, poner todo tu empeño y dedicación a la tarea, leerla y releerla, corregirla y editarla, publicarla en un blog, en un libro... y una vez hecho y repartido, releer para encontrarte esa maldita falta de ortografía, tan clara y obvia como la luz del día, bailando descarada en el mismo medio de una página herida y mancillada. ¿Por quéeeeeeeeeee?
7. Comparación y/o crítica ambigua: ¿Pues sabes qué? Tu historia me recuerda mucho a tal autor...” “¿Sabes qué me llamó más la atención? Que uses tanto dicha fórmula/expresión/recurso/etc...” Vale. Muy bien. Muchas gracias por leer mi obra y opinar sobre ella con criterio y conocimiento de causa. Eso es precisamente lo que más me gusta de escribir, que la gente me lea y se interese en darme su opinión sincera... Pero a ver, hombre/mujer, ¿ese autor al que te recuerdo te gusta o no te gusta? ¿consideras bueno o malo que utilice esos recursos y expresiones? ¡¿Me estás haciendo un cumplido o una crítica?! Por favor, ¡DÍMELO! Te lo ruego... no me dejes con esta inseguridad duda que ahora me corroe por tu culpa.
8. “Obra descatalogada”: Indefinidamente. Porque sí. Alias: Caer en el olvido de la indiferencia... y no estar seguros de qué falló, qué fue mal, de quién es realmente la culpa... En nuestro fuero interno, nos digan lo que nos digan, siempre habrá dos vocecillas insidiosas peleando: Para una, la culpa será siempre de la editorial que ha decidido descatalogarla egoístamente. Para la otra, la culpa es nuestra y toda nuestra... ¡Si es que este mundo es muy cruel con los soñadores!
9. Detractores ignorantes: O sea, toda aquella persona que critica tu obra o algo concreto que has escrito de forma intencionadamente maliciosa, con saña y remordimiento, sin un argumento demasiado elaborado... simplemente no le cayó en gracia y quiere asegurarse de destrozar tu nombre artístico para hacerse el interesante y el entendido en literatura. Pero, lo mejor de todo, es que lo hace en tu cara SIN SABER QUE ESA OBRA ES TUYA o QUE ESE ESCRITOR ERES TÚ... Y no serás tú quien le corte el discurso y se lo diga. Por si acaso. A ver si te va a caer un guantazo...
10. Fanáticos ignorantes: En cierto modo, justo lo contrario al caso anterior. Te presentan a alguien que resulta que es un gran fan de tu obra pero NO TE RECONOCE y empieza a hablar de lo buenas que son tus historias, de lo bien que escribes y lo profundo y trascendental que es cada punto y cada coma... Al principio puede halagar un poco y resultar divertido, después llega el sentimiento de culpa por no atreverte a revelar tu identidad... Pero lo peor –y esta es la fase de pesadilla- es cuando tienes la mala suerte de llegar al punto en el que te alegras de no haber revelado quién eres, ese punto en el que el fan entra en un éxtasis eufórico y pasa a relatar no sólo impresiones del texto, sino también del autor, de cómo se lo imagina y... bueno, digamos que de lo mucho que le gustaría conocerle y cómo de exagerada, inapropiada y alocadamente reaccionaría al hacerlo. Esto a veces suena a cachondeo y a “cómo va a pasarle eso a un escritor... es un escritor, lo que les gusta a sus lectores son sus palabras, no la persona”... Sí, ya, esto es cierto y es una de las cosas que más me gusta del oficio. Pero cosas más raras se han visto y la posibilidad no es tan remota. Y da miedo, mucho miedo.

Así que, ¿qué os parecen estos 10 martirios literarios? ¿Horrorosamente aterradores? ¿Suficientemente escalofriantes? ¿Una ligera molestia? Criticad, gentes de bien, opinad y criticad, pero no de forma ambigua, ¿eh? *guiño guiño*.
Si ronda por aquí algún otro amigo escritor, por favor, no dudes en aportar algún otro miedo que puedas haber experimentado tú. Ayudemos al mundo a saber cómo asustarnos hasta la muerte a conocernos un poco mejor cada día.
Recordad que si estáis leyendo esta entrada, eso significa que no ha habido huelgas ni jeroglíficos, aunque os desafío a encontrar alguna “vergüenza” en el texto. Objetivo conseguido, otra parrafada para este desvarío sin sentido. Y sólo esto os puedo prometer: Aunque algo aleatorias y espaciadas en el tiempo, esta divagación por mi mente no será la última. Hasta la próxima.



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